Si hay algo que siempre nos viene a la cabeza al escuchar la palabra “matemáticas” es “tostón”.

Cuando no entiendes las cosas, por más y más que te las explican, se produce un odio irrefutable contra la asignatura, un aburrimiento mortal en clase, un somnífero eficaz tras cruzar la puerta. Siempre. O no. Es mucho peor [y sé de lo que estoy hablando, lo hago desde la propia experiencia] cuando lo entiendes absolutamente todo. Cuando ya lo has estudiado todo y te lo sabes de memoria. Cuando no tienes ningún problema para comprender lo que haces y el resto no entiende nada.

Porque es ahí, en esa situación, cuando realmente te aburres en clase. Cuando aprovechas para recuperar horas de sueño.

Esta mañana he ido a clase de mates en el instituto. No me he enterado de nada. Y no digais que no escuchaba, porque no me he perdido una palabra. Y no me he enterado de nada. Bueno,  miento, la cosa iba de trigonometría. Con senos, cosenos y tangentes. ¿Y qué es eso? Pues… eso mismo me he pasado 15 minutos preguntándome hasta que me lo han dicho. “Ahhh… c*ño…!” Y a partir de ahí, me he ido enterando de algo [tampoco gran cosa, para qué mentir...]

Porque a mí, me gustan las mates. Porque no entenderlas, es un reto. Porque un reto, es una motivación. Y porque el año que viene las voy a pasar canutas.

P.D.: Se queda sin foto porque no consigo hacerle una foto decente a mi cuaderno de mates.

P.D.2: He recuperado mi portatil.