Pulseras massai

Bueno, hace un par de fines de semana tuvieron lugar las Jornadas Medievales de Sigüenza y, como buen mercader, mi tío montó un pequeño puestecito de bisutería africana en la Plaza Mayor. He pasado las Jornadas ayudándole con las ventas (disfraz de medieval incluído…). Vendíamos collares de papel y coco; pulseras de hueso, cuero, coco, cuentas y conchas del Índico; llaveros de cuero y asta de vaca… todo ello fabricado de forma artesanal en Uganda.

El caso es que conservo todavía cuatro pulseras que igual os gustan. Están completamente nuevas y yo no las voy a usar, así que he decidido venderlas. No son caras. Si os interesa alguna, decídmelo en un comentario y yo me pondré en contacto con vosotros. La foto, aquí.

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P.D.: Retour le 31 :-)

Sobre el frío y el calor

Una cosa bastante incómoda en esta vida que nos ha tocado vivir es ser una persona friolera. Pero no por el hecho de serlo, sino por cómo se siente cuando se va con gente que no lo es. Y digo incómodo porque, creo, no es precisamente cómodo, ni agradable, ver a todo el mundo a tu alrededor con camisetas y pantalones cortos, quejándose del calor, mientras que tú estás (casi deseando que la temperatura no baje más) con tus vaqueros y tu camiseta negra, tan a gusto.

Después (muy poco después) notas que baja ligeramente la temperatura (¿Recuerdas que deseabas que no bajase? Toma ley de Murphy). Bueno, obviamente los de tu alrededor no lo notas. En cambio, lo que tú sí que notas es cómo se te pone la piel de gallina. A esto, coges tu sudadera y te la pones. Alguien de tu entorno te pregunta si tienes frío y, antes de que te dé tiempo a contestarle la obviedad, el otro empieza a decirte cosas (resulta que era una pregunta retórica): ¿Cómo puedes tener frío con el calor que hace?¿Seguro que no estás pillando algo? Bah, quítate la sudadera que me das calor (y piensas: Pues no me mires, idiota…).

La parte divertida de todo esto llega cuando sí que hace calor. Entonces ves a todos en tirantes y con los pantalones más cortos aún que antes. Todos con un helado en una mano y un abanico en la otra, sudando la gota gorda. Y tú ¿qué? Tú vas vestido parecido, pero sólo con tener el helado en la mano vas que chutas. Sientes el calor, si, pero no de una forma agobiante, como los demás. Y me parece algo “divertido” porque quizás es… venganza (muahahaha). Pero venganza de la sana, en realidad el calor no lo provocas tú y realmente tampoco puedes hacer gran cosa por remediarlo… a fin de cuentas, el calor también lo tienes tú.

Eso sí, cuando hace verdaderamente frío ya es otra historia.

Yo pertenezco al bando de los frioleros. Aunque, sinceramente, lo prefiero así.

Despertar

El despertarse es el momento más repetino del día. Nunca sabes cuándo vas a despertarte. Es más, no sabes en que hora, ni en qué minuto del día vives. Porque claro, estás durmiendo.

Una vez despierto lo siguiente que sientes es inseguridad. Inseguridad, porque no sabes qué hora es y para saberlo has de abrir los ojos. Abrir los ojos tiene un gran peligro, y es que “se te salga el sueño por ellos”. Me explico, si abres los ojos corres riesgo de desvelarte, cosa que no quieres (se está TAN a gusto durmiendo…). Así que, al final, decides esperar y agudizas el oído. No oyes nada (por lo tanto, no hay nadie levantado… aún es pronto y puedes seguir durmiendo).

Poco más tarde oyes a tu madre al lado de tu cama diciendote que te levantes, que tienes que desayunar y vestirte para ir a comprar. Soñoliento, le dices (gruñes, ladras) “¡¡¡CINCO MINUTOS MÁS!!!” y le das la espalda. Oyes cómo se va y vuelves a dormirte. Lo siguiente que sientes es que alguien retira las sábanas de tus pies y te coje de los tobillos. Estiran. Te arrastran hasta el final de la cama. Desesperado, estiras los brazos y te agarras al cabecero ahora que todavía no es demasiado tarde y llegas. Siguen estirándote de los tobillos. Te agarras con más fuerza al cabecero de la cama. Éste se mueve, y quien está enganchado a tus tobillos te suelta. Al menos, piensas, he caído sobre blando.

“Levántate”. Y ahora no te queda más remedio que hacerlo. Ya no tienes excusa. Y, si aún con todo te quedas en la cama, tranquilo, que vendrá tu padre y te hará cosquillas. O si no, vendrá tu hermana pequeña y se te subirá a la espalda cual caballo de carreras.

Y de eso hablaré en otro post.

P.D.: Esto es un suicidio :-(   llevaba una semana sin Internet. Y no estoy segura de cuándo podré volver a meterme. Saludos a todos.

Suicidio Social. Again.

Bien, voy a estar socialmente suicidada un mes entero. Llegó la hora. Cuando terminemos de desayunar mi hermana y yo y nos vistamos, montaremos en el coche rumbo al pueblo. Como ya dije en el primer post, no sé si tendré Internet, pero aún menos si tendré un ordenador con el que escribir.

De todas formas, me voy a llevar un cuarderno, bolis y demás cosas. Cuando vuelva, esos 2/3 días que volveré a pasar en Zaragoza antes de irme de campamentos,os prometo varios posts de reflexiones.

Por lo demás, un saludo y un beso a todos. Espero que durante este mes no os convirtais en pollos fritos.

El momento.

Vivímos tiempos difíciles. Nos gusta relacionarnos con la gente y caerle bien. A veces, incluso, nos esforzamos en caerle bien a alguien. Pero no pasa lo mismo con los vecinos.

Los vecinos son seres extraños, que te suele dar igual lo que piensen de tí (es más, tú también pasas de ellos normalmente). Tu única relación con ellos se basa en un “Hola, ¿Qué tal?” cuando te los encuentras en el ascensor (a veces, ni eso). Si tienes que subir/bajar más de tres pisos acompañado del vecino en cuestión, la conversación puede llegar, incluso, a un “qué calor/frío que hace estos días” o un “¿qué tal las notas?”, si tu vecino está en edad escolar.

El problema reside en ese momento en el que llegas a casa y te paras a pensar: “Bah, ¿por qué no? Voy a intentar llevarme bien con mis vecinos. A fin de cuentas, son la gente con la que convivo…”. Y lo intentas cumplir. Hasta ahí, bien. Luego, ¿qué ocurre? El primero que te encuentras es el de arriba.

En el ascensor mantienes (o intentas mantener) una agradable conversación (siempre con tu sonrisa en la cara… a ver si así consigues caerle bien, y, por consecuencia, que te caiga bien). Llegas a casa contento, pensando “ya estoy un paso más cerca de cumplir mi objetivo.”

Ahora es cuando llega el momento en el que te quieres echar a dormir (o en el momento en el que te obligan a irte a dormir). Te acuestas. Y justo, como milimétricamente planeado, exactamente en el momento en el que te estás quedando sopa, en el que falta una milésima de segundo para que te duermas del todo… a tu vecino de arriba se le cae algo (sí, ese que resultaba ser tan majo y con el cual conversaste en el ascensor). Pero lo que se le cae es algo redondo (rueda. Mucho.) y que mete mucho ruido.

Oyes cómo rueda, pero no en la otra punta de la casa, no. Encima tuyo. Encima, justo, de tu oído. Y como el resto del edificio está en silencio, se oye muchísimo más. ¿El problema? Que es algo que siempre ocurre en ese preciso instante. Da igual, no importa si son las 10 de la noche o las 3 de la madrugada. Es exactamente en ese momento. Y siempre logra desvelarte.

Es ahí cuando pierdes toda la ilusión que tenías de llevarte bien con el vecindario.

Al día siguiente llegas a clase, al trabajo, con los amigos, donde sea… con ojeras. Todos te preguntan si has dormido mal… y contestas:

- Es la función de los vecinos de arriba.

Pero, si te das cuenta, tú también eres vecino de alguien. Es más (excepto si vives en un primero), tú también eres un vecino de arriba.

De cuando se te pega una canción.

Todos hemos tenido, alguna vez, una canción que se te ha quedado grabada a fuego en la cabeza. Una canción que, aunque lleves mucho tiempo sin escuchar, un día la recuerdas. Recuerdas (perfectamente) cómo es su ritmo, la voz de su cantante… el sonido de los platos de su batería y las notas de sus guitarras.

Pero, ¡Oh My God! Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que la escuchaste, que no recuerdas su letra. Su letra, esas palabras que, con mensaje inscrito en ellas (o no), te hicieron reír, te hicieron llorar… Y ahora no logras recordarla del todo. Recuerdas versos, párrafos enteros… pero eres incapaz de reconstruir la letra de la canción.

¿Y qué es lo primero que haces? Te escuchas la canción mientras te preparas el desayuno (cierras los ojos, memorizando esa letra que tanto te gustaba, y… es tarde, se te han quemado las tostadas). Entonces vas corriendo a tu ordenador, y te da igual si hay alguien sentado, le echas y colocas tu taza del desayuno sobre la mesa (o posas la taza y echas a quien esté sentado).

Buscas la letra en Internet (y para que nos vamos a engañar, ya que estás en el ordenador… abres MSN, Tuenti y Facebook). Pones la canción otra vez desde el principio (lleva puesta desde que preparaste el desayuno) y lees la letra al ritmo de la canción.

Llegados a este punto ya no hay vuelta atrás. Te vas al instituto tarareando la canción. Entras en clase y la sigues tarareando. Un par de horas más tarde, le has puesto a todo el mundo a cabeza como un bombo, hasta que escuchas a alguien cantando esa canción que tienes en mente desde que te has levantado. Cantáis juntos. Después te das cuenta de que se la has pegado a alguien (¡OMG, es contagioso!) y decides pedirle a alguien que te cante otra canción, a ver si hay suerte y se te pega esa. Pero no hay manera, es imposible. De modo que puedes pasarte varios días con la misma canción.

Hasta que se te graba otra.