Vivímos tiempos difíciles. Nos gusta relacionarnos con la gente y caerle bien. A veces, incluso, nos esforzamos en caerle bien a alguien. Pero no pasa lo mismo con los vecinos.
Los vecinos son seres extraños, que te suele dar igual lo que piensen de tí (es más, tú también pasas de ellos normalmente). Tu única relación con ellos se basa en un “Hola, ¿Qué tal?” cuando te los encuentras en el ascensor (a veces, ni eso). Si tienes que subir/bajar más de tres pisos acompañado del vecino en cuestión, la conversación puede llegar, incluso, a un “qué calor/frío que hace estos días” o un “¿qué tal las notas?”, si tu vecino está en edad escolar.
El problema reside en ese momento en el que llegas a casa y te paras a pensar: “Bah, ¿por qué no? Voy a intentar llevarme bien con mis vecinos. A fin de cuentas, son la gente con la que convivo…”. Y lo intentas cumplir. Hasta ahí, bien. Luego, ¿qué ocurre? El primero que te encuentras es el de arriba.
En el ascensor mantienes (o intentas mantener) una agradable conversación (siempre con tu sonrisa en la cara… a ver si así consigues caerle bien, y, por consecuencia, que te caiga bien). Llegas a casa contento, pensando “ya estoy un paso más cerca de cumplir mi objetivo.”
Ahora es cuando llega el momento en el que te quieres echar a dormir (o en el momento en el que te obligan a irte a dormir). Te acuestas. Y justo, como milimétricamente planeado, exactamente en el momento en el que te estás quedando sopa, en el que falta una milésima de segundo para que te duermas del todo… a tu vecino de arriba se le cae algo (sí, ese que resultaba ser tan majo y con el cual conversaste en el ascensor). Pero lo que se le cae es algo redondo (rueda. Mucho.) y que mete mucho ruido.
Oyes cómo rueda, pero no en la otra punta de la casa, no. Encima tuyo. Encima, justo, de tu oído. Y como el resto del edificio está en silencio, se oye muchísimo más. ¿El problema? Que es algo que siempre ocurre en ese preciso instante. Da igual, no importa si son las 10 de la noche o las 3 de la madrugada. Es exactamente en ese momento. Y siempre logra desvelarte.
Es ahí cuando pierdes toda la ilusión que tenías de llevarte bien con el vecindario.
Al día siguiente llegas a clase, al trabajo, con los amigos, donde sea… con ojeras. Todos te preguntan si has dormido mal… y contestas:
- Es la función de los vecinos de arriba.
Pero, si te das cuenta, tú también eres vecino de alguien. Es más (excepto si vives en un primero), tú también eres un vecino de arriba.